Noticias — 30 julio 2017 — IMPRIMIR
Vender seres humanos

TrataVivimos en los tiempos de la globalización, estamos asistiendo a una profunda transformación de nuestras sociedades, un proceso de difusión de la información, comercio, negocio, finanzas y dinero a escala planetaria. Un proceso que une y divide, lo que para unos es el camino de la libertad y de la felicidad, para otros son tiempos de nuevas esclavitudes. Dentro de lo positivo del proceso, se ha hecho necesario abrir un nuevo tiempo para afrontar los nuevos efectos del imperio del dinero globalizado: La guerra, la droga, la violencia, los desplazamientos forzados, las emigraciones dolorosas, la trata de personas. Esos efectos provocados por una forma de globalización, es una realidad que todos estamos llamados a denunciar y a transformar, bajo el lema de tierra, techo y trabajo, no como simples anhelos, sino como derechos y realidades: “Ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ninguna persona sin la dignidad que da el trabajo”.

La trata y el tráfico de personas son delitos que se han incrementado en forma alarmante en los últimos años, debido a las difíciles condiciones de vida en los países menos desarrollados, al endurecimiento de las políticas migratorias en los países industrializados y al hecho de que por mucho tiempo estos fenómenos no fueron considerados como un problema estructural sino como una serie de episodios aislados.
ACNUR

En plena globalización existe una nueva la esclavitud moderna: La trata de personas. Un proceso silencioso y silenciado que afecta a todos los países del planeta y que está conectado con la pobreza extrema, la discriminación contra la mujer y las minorías, la delincuencia organizada y la corrupción de muchos gobiernos. Las nuevas líneas de la política mundial, trazada tras la caída del muro en 1989 y la llamada “guerra contra el terror”, son elementos que marcaron un punto de partida. El anárquico vacío provocado por la “Guerra Fría” y la caída de regímenes sostenidos por Estados Unidos y la Unión Soviética, desestabilizaron la zona del Sahel y el Cuerno de África, caldo de cultivo para el surgimiento de la delincuencia organizada y el yihadismo (Loretta Napoleoni). Todos coinciden en señalar la estadounidense “Patriot Act”, como punto de partida en la búsqueda de nuevas rutas de las mafias de la droga, el occidente africano y Sahel, se han convertido en lugar privilegiado para este comercio ilegal, siendo Mali el centro de operaciones. Organizaciones armadas y terroristas, comenzaron a diversificar sus actividades de la dogra, incluyendo el tráfico de personas, así como el secuestro de europeos para cobrar un rescate. Al Qaeda, en el Magreb Islámico, no tardó en invertir parte de las ganancias obtenidas con su negocio de los secuestros en esta otra rama de actividad: la de traficar con migrantes.

En el año 2015, comienza la crisis migratoria y de refugiados con la guerra de Siria, secuestradores y contrabandistas se convierten en traficantes de personas, comerciando con las necesidades y los sueños de cientos de personas. Negocio rentable, ya que la demanda supera con creces a la oferta, el coste por llegar a Europa no deja de crecer. Al tráfico de migrantes, debemos añadir en el tráfico de personas, la obligación toda una serie de trabajos forzosos y actos de comercio sexual mediante el uso de la fuerza, el fraude o la extorsión. Un negocio muy lucrativo para las bandas internacionales, que en la actualidad ya alcanza al de las drogas o al tráfico de armas.

La trata de personas no es cosa del pasado, las redes de traficantes tienen alcance internacional con víctimas en 106 países y 21 millones de personas sufriendo explotación extrema u obligada a trabajar forzadamente
António Guterres, Secretario General de la ONU

El rostro de la esclavitud moderna no se reduce solo a la inmigración o los refugiados, muchas mujeres son arrancadas de sus países con engaños o violencia y son obligadas a prostituirse. Esa cara silenciosa de la trata de personas con fines sexuales, afecta también a los niños, al igual que el reclutamiento y la venta para fines armados (niños soldados). Las consecuencias son tremendas para los menores, traumas físicos y psicológicos, enfermedades incluidos VIH y SIDA, drogadicción, embarazos no deseados, desnutrición, aislamiento social, marginalidad, exclusión, incluso la muerte de los niños. Las mujeres y niños traficados por sexo, dice el Papa Francisco, son una “periferia existencial” que debe avergonzar a cualquier bien nacido.

No podemos olvidar el trabajo forzado, siendo las mujeres, niños y migrantes los más vulnerables, realizado bajo coacción física o psicológica, abuso de la situación legal, engaño, etc. La causa más común son deudas contraídas o heredadas en los países de origen. Muchas son víctimas de tratantes o captores ilegales que explotan una deuda inicial contraída como condición para el empleo, puede ser a través de empresas trabajo temporal o subcontratas, en los cuales la situación del trabajador en destino está vinculada al empleador en origen. Los trabajadores carecen de libertad de movimientos y suelen vivir hacinados en pisos o centros de trabajo clandestinos, se les obliga a jornadas agotadoras y abusos personales, incluso agresiones sexuales en el caso del servicio doméstico.

De esta realidad no se escapan la mayoría de los países europeos, incluso en nuestro. Estos mercaderes de hombres, mujeres y niños, no son distintos a los del siglo XVIII o a los colonizadores del siglo XIX, por no hablar de los campos de concentración del siglo XX, para vergüenza de nuestro mundo civilizado. No es suficiente la denuncia, en la urdimbre de esta globalización desigual, son necesarias tres vías de actuación: La vía política, social y cultural. Esta lucha en favor de los derechos y contra la pobreza se debe desplegar en el fortalecimiento de la institución de la ciudadanía, a la promoción de una vecindad habilitante y al fortalecimiento de la fraternidad (García Roca). Debemos salvar la hospitalidad, la asistencia humanitaria y la solidaridad no pueden ser penalizadas en nuestra Europa de la indiferencia. Ningún Estado, ninguna persona puede desentenderse de los otros, todos los seres humanos tienen “el deber de comportarse fraternalmente unos con otros” (art.1 DUDH), especialmente si se considera el derecho a la movilidad recogido en el artículo 13 de la misma Declaración Universal. La compasión nos interpela. Nos pone en contacto con aquel territorio de nosotros mismos que, sin entrar en definiciones exactas, tiene que ver con la lealtad, la dignidad y la bondad. (Luis García Montero)

Juan Antonio Mateos Pérez.

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