Hablan los militantes Noticias — 16 octubre 2017 — IMPRIMIR
La alimentación ¿un derecho o un negocio?

soberanía alimentaria 316 octubre, Día de la Soberanía Alimentaria.

Nuestro planeta produce alimentos suficientes para alimentar al doble de la población mundial. Generamos un 60% más de los alimentos que se precisan, pero desperdiciamos un tercio de la producción mundial, casi 1.300 M Tn cada año. Eso supone que se dedican 1.400 M de hectáreas (28 veces la superficie de España), un 25% del agua y 300 M de barriles de petróleo… ¡a nada!, a alimentos que nunca llegarán a aprovecharse como tales. Si hay hambre, no es por problemas técnicos, de producción.

Mientras tanto cada día mueren 40.000 personas por falta de alimentos, a la vez que se dedican, también cada día, 4.400 M$ a la fabricación de armas, lo suficiente como para dar de comer a los hambrientos ¡durante 110 años!. Por tanto, si hay hambre, no es por falta de recursos, de supuestas crisis económicas.

Entonces ¿por qué el hambre sigue creciendo -según los últimos datos de la FAO en 85 millones de personas, hasta los 815 millones- cuando llevamos 5 años consecutivos de cosechas récord en el mundo?

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“Porque tenemos un modelo alimentario injusto, ineficaz e insostenible”, en certeras palabras de José Esquinas, un ingeniero agrónomo que ha dedicado 30 años a la lucha contra el hambre desde la FAO (y en muchas ocasiones cuestionando la labor de este organismo). Y este problema persiste porque las causas no son técnicas, ni de recursos, como ya hemos visto, sino políticas, de voluntad y, por tanto, posibles de resolver.

Un modelo alimentario, que impide la soberanía alimentaria de los pueblos y el derecho a la alimentación de buena parte de la humanidad. Un sistema del que todos somos partícipes y por tanto cómplices, pero también por ello parte de la solución.

Un modelo alimentario dominado por grandes grupos nacionales o multinacionales que han rebajado el alimento a mera mercancía, con la que se puede especular groseramente en las bolsas de Chicago o del Matiff parisino (que son la misma empresa) y por tanto han convertido la producción agrícola en una mera herramienta de negocio de la que se pueda extraer un punto más de beneficio.

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Y que por tanto han despojado al alimento de su esencia como derecho humano y a la actividad agraria como forma de ganarse el sustento de forma digna. No es extraño en esta situación ver cómo el mercado de tierras se ha convertido en una nueva faceta del agronegocio global, donde se acaparan tierras de subsistencia del Sur para dedicarlas a agrocombustibles, flores o productos secundarios para exportar al Norte, o simplemente para especular como otra mercancía más. Dejando a sus pobladores sin tierras, sin agua y sin su medio de vida. Dejando a sus pobladores hambre y miseria.

Un modelo alimentario que es devorador de recursos (tierras, agua, fertilizantes, energía, semillas) al que sólo le importa producir más y más, aunque sea para dejar los frutos sin cosechar o tirarlo a la basura en el camino hasta el consumidor. No es de extrañar en estas circunstancias que las grandes compañías de la producción, el comercio y la distribución alimentaria sean copatrocinadoras de la ONU. Ha visto en el hambre un gran nicho de negocio, en el que pueden a la vez lavar su imagen. Ejemplo de este negocio es el reciente acuerdo entre FAO y la multinacional Unilever para luchar contra el hambre en el mundo.

Y un modelo alimentario, dominado por estas pocas e inmensas compañías transnacionales que impiden, con su enorme poder, la soberanía alimentaria de los pueblos del Sur (y cada vez más en los del Norte), haciendo inviable económicamente el modelo alimentario de producción basado en una estructura familiar y casi siempre agroecológica, que se ve literalmente aplastada por una presión demoledora sobre los precios y los recursos.

Este grupo de grandes empresas, cada vez menos y mayores por sus continuas fusiones, que imponen sus condiciones en los lineales de los supermercados del Norte (impidiendo paradójicamente una diversidad donde elegir como consumidor). Y que están imponiendo su “propia soberanía” sobre la de los propios Estados a través de los Tratados de Libre Comercio, como el TTIP, CETA o el TLCAN entre otros.

Todo lo dicho nos debe llevar a una reflexión sobre el modelo alimentario que mantenemos o impulsamos con nuestro carro de la compra, pues el acto de consumir se convierte también en un acto político de primer orden.

Es necesario impulsar un modelo alimentario que sea justo, eficaz y sostenible. Que permita que se cumpla el derecho inalienable a la alimentación y a la soberanía de cada persona y cada pueblo en acceder a los alimentos.

 

Jose María Santos

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