Noticias — 27 septiembre 2017 — IMPRIMIR
Contra el tráfico humano y la trata, vías legales y seguras. Testimonio desde Calais

CalaisDe Nuevo por Calais, como otras veces y en otras brechas, con la sensación de estar en una de las fracturas donde también se ahoga nuestro sistema de protección, nuestra humanidad y nuestra dignidad. Esta vez me ha tocado asistir a bastantes reuniones, más de las que esperaba, patear terreno y escuchar a las personas migrantes.

Desde que la “jungla” se desmanteló oficialmente en octubre del año pasado, ésta se reconstruye y se destruye cada día. Algunas de las personas migrantes que fueron enviadas a otros puntos de Francia han regresado. No se permite la construcción de chabolas. Hay migrantes que duermen entre plásticos en condiciones más precarias, si cabe, y en lugares menos visibles -entre matorrales- a las que vivían en tiempos de la “jungla”. La policía desmantela y requisa los elementos que estas personas utilizan para dormir. Nuevos migrantes llegan con esperanza de cruzar a Reino Unido y encontrar lo que no han encontrado en el continente europeo (sin ninguna garantía de que lo vayan a encontrar allí). Me gustaría compartir un par de impresiones de este viaje: el aumento de menores en situación de vulnerabilidad social y el aumento de violencia policial hacia ellos.

El perfil de los que migran se ha rejuvenecido. Casi podríamos decir que la migración se ha infantilizado. Son demasiado jóvenes para estar viviendo en una situación de exilio. Me ha sorprendido mucho el alto número de menores que viajan solos, muchísimos más que en otras visitas. Muchos rostros jóvenes de unos 14- 17 años. “Los menores que viajan solos son siempre vulnerables y tienen un alto riesgo de ser explotados, de que ejerzan violencia sobre ellos y de acabar en redes de esclavitud moderna”[1]. Muchos son eritreos, cristianos que hablan tigrinya, que huyen de la práctica de ingresar en el servicio militar obligatorio a los 15 años (con duración indeterminada en este momento) y han atravesado Sudán y Libia para llegar a Europa. Como Daniel que intentó cruzar por Etiopía antes de ingresar en el servicio armado, pero le cazaron y acabó seis meses en prisión. Más tarde acabó pagando 6.000 dólares para atravesar en coche a Sudán. En Libia estuvo retenido 9 meses con unas 400 personas en un centro en pésimas condiciones hasta que pagaron un rescate por él. “No había agua ni comida suficiente para todos. Si alguien enfermaba, no había medicinas, los ponían a parte, morían”. O como Brhane, que sobrevivió al desierto “porque estudié mecánica, y cuando había un problema con el camión me necesitaban”. “Muchos de los pasantes no conocen bien las rutas por el desierto; hay camiones que quedan atrapados en la arena; mucha gente muere”. También estuvo atrapado en Libia: “muchos ocultan que son cristianos pero yo no tuve problema. (…) Para sobrevivir tienes que estar fuerte y trabajar duro todos los días” -me dice mientras hace el gesto de estar cavando-. “Ellos van armados. Si no les sirves, te pueden matar. (…) Vivir en Libia también es un cuestión de suerte”. Lleva 6 años sin ver a su familia cuando me encuentro con él en Calais.

También hay muchas familias, especialmente kurdas, con niños muy pequeños que están viviendo a la intemperie, en el campamento de Grande-Synthe, cerca de Dunkerque. Muchas de ellas tratan de cruzar a Reino Unido tras haber solicitado asilo en otros países de la UE y haber sido rechazados. Otros provienen de Turquía, les tomaron las huellas al entrar a la UE y temen ser deportados al país por donde entraron si inician algún tipo de trámite en algún país de la UE que no sea Reino Unido.

Desde la Prefectura (Delegación del Gobierno –dependiente del Ministerio de Interior- en manos del partido de Macron) y la Alcaldía (con Natacha Bouchart al frente del partido de los Republicanos) se ha promovido una política de hostilidad y de “tolerancia 0” hacia los migrantes. Los pocos servicios existentes como la dotación de puntos de agua potable, la autorización de distribución de alimentos por parte de las organizaciones humanitarias (que había sido prohibida por la alcaldía) o la de momento incumplida obligación de dotar puntos para ducha, han sido conseguidos por las organizaciones a fuerza de sentencia judicial. Menores migrantes que evidentemente están en una situación de vulnerabilidad y necesitados de protección, son golpeados y gaseados (gas lacrimógeno y gas pimienta) por la policía nacional y antidisturbios (CRS). El acoso policial de los CRS incluye gasear y golpear en las piernas, riñones, cabeza, etc. a los migrantes mientras duermen, destrozar sus teléfonos móviles (donde puede haber datos y pruebas que necesiten en su solicitud de asilo, contacto con sus familiares, etc.), quitarles los sacos de dormir, plásticos que utilizan para cubrirse en el bosque, incluso calzado o abrigos (que proveen y distribuyen organizaciones con voluntarios –mayoritariamente ingleses- y organizaciones religiosas). Esta violencia contrasta con la política de “puertas abiertas” de muchas casas de religiosos y voluntarios de organizaciones, donde era habitual encontrarme exiliados recargando el móvil, duchándose o descansando.

Este nivel de violencia está fuera de la ley. Además beneficia a los traficantes. “Cada política que Reino Unido pone en marcha beneficia a los traficantes” citaba en un reciente informe el responsable de Cáritas en Calais. Desde que se ha construido la nueva valla en Calais (financiada por Reino Unido) los traficantes han aumentado el precio del pasaje de 1.000 a 10.000€. De acuerdo con el Alto Comisionado para los Refugiados de la ONU, en Reino Unido, “vías seguras y legales para refugiados que buscan protección son de vital importancia para reducir el tráfico humano”[2]

No todos los menores que llegan a Calais quieren cruzar a Reino Unido, aunque muchos acaban entendiendo que es la única opción que tienen. Desconfían de un país donde la policía les acosa constantemente y no respeta los derechos humanos. También muchos desconfían de los pocos cauces legales que tienen para llegar a Reino Unido.

Los menores no acompañados que llegan a Europa y tienen familia en Reino Unido han de tener una ruta legal para reunirse con sus familias según la ley. Pero esto ha sido limitado por el sistema de cuotas: el gobierno de Reino Unido anunció que solo acogería a 350 menores (incluyendo los 200 niños que ya habían sido transferidos). Más tarde, además, se limitó esta fórmula a los niños que hubieran llegado a Europa antes del Acuerdo de la UE con Turquía, por lo que el pasaje seguro para menores vulnerables con familia en Reino Unido, se ha quedado en cifras ridículas y lejos de los 3.000 que se hablaban en las discusiones parlamentarias. Muchos menores que tras el desmantelamiento de “la jungla” fueron acogidos en centros oficiales a la espera de una posible reunificación familiar, ven como pasan los meses sin que se produzca ningún movimiento y deciden escaparse para volver a intentar cruzar por su cuenta. Hay menores y mujeres que desaparecen, a los que se les pierde la pista de seguimiento.

Colegas trabajadores sociales que están trabajando en el seguimiento intuyen que muchos puedan acabar en redes de esclavitud moderna: no solo explotación sexual, también trabajo forzado (o por alojamiento en condiciones muy precarias) en granjas, hoteles, construcción, fábricas, salones de belleza… El grupo más numeroso de los menores exiliados desaparecidos en Reino Unido es el de los vietnamitas. Según el periódico “The Guardian”, de todos los identificados como víctimas de tráfico humano que estaban siendo forzados a trabajar en granjas de cultivo de cannabis en 2012, el 96% era de Vietnam y el 81% eran niños[3]. Actualmente hay 21 millones de esclavos en el mundo, más que en ninguna época de la historia. Pasa desapercibido porque las cadenas han sido suplantadas por la atadura de la deuda.

Nuevas vallas -importadas de España-, política hostil de acoso al migrante, violencia policial no solo crean un contexto tóxico y promueven los discursos del odio, sino que son ineficaces y benefician precisamente a los que trafican. Los menores, la gente vulnerable candidata a acabar en esclavitud moderna, están necesitados de acogida, protección y acompañamiento. La mejor forma de combatir el tráfico humano y los traficantes es crear -y respetar- vías legales y seguras para los refugiados que buscan protección.

Juanjo Peris

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[1] An independent inquiry into the situation of separated and unaccompanied minors in parts of Europe. Human Trafficking Foundation. July 2017.

[2] An independent inquiry into the situation of separated and unaccompanied minors in parts of Europe. Human Trafficking Foundation. July 2017.

[3] https://www.theguardian.com/society/2017/mar/25/trafficked-enslaved-teenagers-tending-uk-cannabis-farms-vietnamese

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